—¡Traición, traición! —gritó don Patricio agitando el palo y dando saltos, sin avanzar un paso hacia adelante ni hacia atrás.
Lucas revolvía su cara en sangre, no en la sangre trágica de las contiendas caballerescas, sino en la sangre de la nariz, que le quedó medio deshecha. Gordón iba derecho hacia don Patricio para quitarle el palo y rompérselo encima, cuando aparecieron por la plazuela de Navalón arriba dos individuos igualmente armados de formidables porras. Uno de ellos iba vestido de miliciano.
—¡Amigos, a mí! —gritó el maestro—. ¡Aquí estoy! ¡Ataquémosle juntos!... Ánimo, amigos míos. ¡Que me mata!
En un instante se halló Gordón comprometido por el número de los contrarios. Tres enormes garrotazos cayeron sobre sus hombros y espalda. Furioso, pesado, rugiente como el jabalí herido, avanzó hacia los apaleadores. Espada en mano se dispuso a atravesar al primero que se le pusiera delante. Pero los tres, al ver el acero, volvieron la heroica espalda, apretando a correr con tanta ligereza, que el ruido de los pies sobre el suelo alborotó momentáneamente la angosta calle de las Conchas. Por un milagro fisiológico de la Providencia, don Patricio era el que más corría, gritando:
—¡Traición, traición!
Anatolio no era un ciervo para la carrera, por la pesadez de su cuerpo, y se detuvo sofocado y sin aliento en la esquina de la Costanilla de los Ángeles. Miró en todas direcciones, y no vio a nadie. Pero como sintiera ruido de pasos y voces por todas partes, creyó prudente dar por terminada la aventura, y envainando su virgen espada se alejó, dirigiéndose otra vez a la calle de las Veneras, y por allí a la de Preciados.
Aquel incidente, de poca importancia al parecer, preparaba, con otros de igual naturaleza, un gran acontecimiento histórico. Las tempestades empiezan así, cayendo ahora una gota, después otra. En los últimos días de junio las colisiones entre guardias y milicianos eran tan frecuentes, que el vecindario estaba seguro de la proximidad del aguacero. Al día siguiente de la reyerta que hemos descrito, el 30 de junio, Su Majestad asistió a la clausura del Congreso. Formaron en la carrera tropa y milicianos, y Fernando pasó medroso, pálido, lleno de recelo, revolviendo los negros ojazos en todas direcciones, para escudriñar los semblantes, y sorprender las señales de desamor o cariño que su presencia ocasionara.
Mudos y recelosos recibiéronle los diputados de la minoría, fríos los sostenedores del gobierno. Con habla turbada leyó su discurso el tirano, acentuando las frases de sumisión al sistema constitucional, y no era preciso ser muy lince para reconocer en él un convencimiento seguro de que aquella farsa debía concluir; pero al través de su disimulo no se veía la esperanza de un éxito feliz.
Al volver a Palacio, los milicianos aclaman la Constitución y a Riego, y una voz atrevida grita en favor del Rey neto. Los chicos cantan el trágala; surge en todo el tránsito infernal algarabía, y por entre la multitud, dividida en bandos de netos y zurriaguistas, atraviesa la ultrajada majestad con el corazón oprimido, compartiendo su espíritu entre el miedo y la rabia. El recuerdo del infeliz Capeto viene a su memoria; pero no siente perder el amor popular, que tan poco le interesa, sino el poder o quizás la vida. Desde que él logra pisar el umbral del Palacio, los tambores de la Guardia abofetean a algunos paisanos, se cruzan palos, puñetazos, coces, y varios jóvenes distinguidos vierten en las calles su sangre preciosa. Se crean multitud de cardenales, aparecen rozaduras, magulladuras, protuberancias, y centenares de narices sangran enrojeciendo el suelo. Alguna que otra costilla cruje, rompiéndose, y no pocas encías se ven libres de tal cual muela cariada. Surgen chichones en varias cabezas, y algún omóplato se hunde. Esto no es más que un juego de muchachos; pero así suelen empezar los capítulos trágicos de la historia en todas las edades.
Poco faltaba ya para que el sainete se convirtiese en drama. Más furiosa cada vez la tropa, cuando Su Majestad entró en Palacio, posesionose de los altos de la plaza de Oriente, arrojó de allí a un retén de la Milicia voluntaria, y estableciendo una línea desde los Consejos al Arco de la Armería, declarose en abierta y descarada sublevación. Disparáronse varios tiros, y cayeron al suelo siete paisanos y un individuo de la Milicia. Un joven entusiasta, hijo de Flórez Calderón, tuvo la malaventurada idea de arengar a los guardias que formaban junto a la casa de Ministerios, y fue apaleado cruelmente y acuchillado.