Esta razón devolvió a D. Paco su perdida fuerza dialéctica, y habló así:
—¿Pero no hubo también un pequeño combate allá donde estaba Vedel? ¡Quién sabe si cogerían prisionero al niño!
—Los prisioneros fueron devueltos esta tarde por orden de Dupont—afirmó D.ª María.
—¿Y si el niño estaba herido y le metieron en el hospital francés?...
—
Yo he de averiguarlo, señora—exclamé—. Mañana mismo pediremos un salvoconducto para ir al campo enemigo. Me parece que allí le encontraremos.
—Ya sabes que te he prometido una gran recompensa. Si haces lo que dices y encuentras a mi hijo y le traes—me dijo la de Rumblar—la recompensa será aún mayor. Dios dispone de todo, y las glorias de la tierra son a veces trocadas en miseria, en tristeza, en nada, por su mano poderosa. Si mi hijo no parece, ¿qué soy, qué me queda, qué resta a mi casa y a mi nombre? Dios habrá decidido que todo perezca, y que las grandezas de ayer sean hoy ruinas, donde nos ocultemos para llorar. ¿La victoria se había de alcanzar sin desgracias? Napoleón es vencido en España, y ante la salvación de nuestro país, ¿qué significa una vida, por noble que sea? ¿Qué una familia, por grande que sea su lustre?
El enérgico tesón de aquella mujer de acero me llenó de asombro. Después continuó así:
—Yo creí que éste sería un día de júbilo en mi casa. Después de la victoria alcanzada, hubiéramos sido muy felices teniendo aquí a mi hijo, y recibiendo a la prometida esposa que con mis primas debe de llegar aquí esta noche.... ¿No ha llegado? Cuide usted, D. Paco, de que nada les falte. ¿Está todo preparado, las camas, la cena, las habitaciones? Niñas, ¿qué hacéis ahí mano sobre mano?
Asunción y Presentación lloraron con más fuerza al oírse nombrar por su madre. Parecióme que ésta también comenzaba a sentir