III
Al día siguiente, la primera persona que vieron mis ojos fué D.ª Gregoria, a quien ya había empezado a tomar cariño, pues tan propio de la caridad es inspirarlo en poco tiempo. La mujer del Gran Capitán limpiaba la sala, procurando mover los trastos lentamente para no hacer ruido, cuando desperté, y al punto lo dejó todo para correr a mi lado.
—Esa cara está respirando salud—me dijo—. Veremos lo que dice hoy D. Pedro Nolasco cuando te vea.
—¿Y quién es ese D. Pedro Nolasco?—pregunté, sospechando fuera algún médico afamado de la vecindad.
—¿Quién ha de ser, hijo? El albéitar, que vive en el cuarto número 14. Aquí no gastamos médico porque es bocado de príncipes. Y cuando Fernández padece del reuma, le ve D. Pedro Nolasco, que es un gran doctor. A él
debes la vida, chiquillo, y él te sacó del costado la bala; que si no a estas horas estarías en el otro mundo.
Oído esto, hícele varias preguntas acerca de su condición y la calidad de la casa, a las que satisfizo bondadosamente, diciendo que su esposo era portero en una oficina del ramo de la Guerra, y que con su sueldo y lo que el Sr. Juan de Dios les daba por su modesto pupilaje pasaban la vida pobres y contentos.
—Esta no es casa de huéspedes, porque nosotros no queremos barullo—añadió—; pero hace mucho tiempo que conocemos al Sr. de Arróiz y por eso le tenemos aquí. Este Sr. de Santorcaz que has visto anoche, y que no ha de tardar en venir, es un joven a quien conocimos en Alcalá, cuando estábamos allí establecidos y él dejaba sus estudios en aquella célebre Universidad para correr la tuna. Ha sido muy calavera, y sus padres no le han vuelto a ver desde que se marchó a Francia hace quince años huyendo de una persecución muy merecida por mor de sus barrabasadas y viciosas costumbres. ¡Desgraciado joven! Allá fué soldado, y cuando nos cuenta sus trabajos y penalidades, nos quedamos como si oyéramos leer la novela El asombro de la Francia, Marta la Romarantina, aunque Santiago dice que todo lo que cuenta es mentira. A pesar de su mala cabeza, nosotros apreciamos a este tarambana de Santorcaz, y él no nos quiere mal; así es que cuando se aparece por España, siempre viene a parar a nuestra casa, donde le damos hospitalidad por bien poco dinero.
¡Ay!, sí, por bien poco dinero; verdad que si le pidiéramos mucho, el infeliz no podría dárnoslo, porque no lo tiene. Y no es porque haya nacido de las hierbas del campo, pues a un buen solar de tierra de Salamanca pertenece su familia; sólo que como no es primogénito..., su padre se empeñó en dedicarle a la Iglesia y el pobre chico no tenía afición de misacantano....