y cuando volví después de hacer el mandado, viendo que había cumplido con la puntualidad y el esmero que son peculiares en mí, me dió dos reales, que guardo en este pañuelo como memoria de hombre tan valiente.

Diciendo esto, trajo un pañuelo, y desdoblando una de las puntas despaciosamente, y como si se tratara de la más venerable y santa reliquia, sacó una moneda de plata que puso ante la vista de Santorcaz, sin permitirle que la tocara.

—Esto me dió—dijo, enjugando con el mismísimo sagrado pañuelo las lágrimas que de improviso corrieron de sus ojos—; esto me dió con sus propias manos aquel que vivirá en la memoria de los españoles mientras haya españoles en el mundo, Yo estaba barriendo la oficina cuando entró D. Pedro Velarde buscándole, y le dije: «Mi capitán, hace un rato que salió con D. Jacinto Ruiz.» Después, don Pedro entró y estuvo disputando con el coronel; al cabo de un cuarto de hora volvió a pasar por delante de mi. ¡Quién me había de decir...!

El Gran Capitán no pudo continuar, porque la pena ahogaba su voz; D.ª Gregoria se llevó también la punta del delantal a los ojos, y Santorcaz, más serio y grave que antes, respetaba el dolor de sus dos amigos.

—Me han asegurado—dijo, después de una pausa—que ese D. Pedro Velarde iba a comer todos los días en casa de Murat. ¿Es que simpatizaba con los franceses?

—No, no; y quien lo dijere miente—excla

mó D. Santiago, dejando caer de plano sobre la mesa sus dos pesadísimas manos—. Don Pedro Velarde pasaba por un oficial muy entendido en el arma, y como fué de los que el Rey envió a Somosierra a recibir al melenudo, éste le trató, supo conocer sus buenas dotes, y quiso atraérselo. ¡Bonito genio tenía D. Pedro Velarde para andarse con mieles! Le convidaban a comer, obsequiábanle mucho; pero bien sabían todos que si nuestro capitán pisaba las alfombras de aquel palacio, era «para conocer más de cerca a la canalla», como él mismo decía.

—Él y sus compañeros de Monteleón—dijo Santorcaz—demostraron un valor tanto más admirable cuanto que es completamente inútil. Aquí están ciegos y locos. Creen que es posible luchar ventajosamente contra las tropas más aguerridas del mundo, sin otros elementos que un ejército escaso, mal instruído, y esas nubes de paisanos que quieren armarse en todos los pueblos. La obstinación ridícula de esta gente hará que sean más dolorosos los sacrificios, y el número de víctimas mucho más grande, sin que puedan vanagloriarse al morir de haber comprado con su sangre la independencia de la patria. España sucumbirá, como han sucumbido Austria y Prusia, naciones poderosas, que contaban con buenos ejércitos y reyes muy valientes.

—¡Esos países no tienen vergüenza!—gritó con furor D. Santiago Fernández, levantándose otra vez de su asiento—. En Austria y Prusia habrá lo que usted quiera; pero no hay un Valdesogo de Abajo ni un Navalagamella.

Discretísimo lector: no te rías de esta presuntuosa afirmación del Gran Capitán, porque bajo su aparente simpleza encierra una profunda verdad histórica.