En efecto; vimos desfilar gravemente, cubierta de negro manto, a la señora de la casa, seguida de los dos tiernos pimpollitos de sus hijas, las cuales arrojáronse llorando en los brazos de su hermano. Doña María abrazó a su hijo sin perder ni por un instante su solemne y estirado empaque, y luego saludónos a todos con mucho afecto, nombrándonos uno
por uno. Cuantos componían la cuadrilla estaban presentes, menos Santorcaz, el cual desde nuestra llegada había pedido con mucha prisa a D. Paco recado de escribir y puéstose a trazar unas cartas en el despacho de éste.
La Condesa, después de saludarnos, tomó asiento y dirigió a D. Diego estas palabras dignas de la Historia:
—Hijo mío, sé todo lo que pasó en la acción del 16, y nadie me ha dicho que hicieras algo notable. ¿Has tenido miedo?
—¡Miedo!—exclamó el muchacho, riendo—No, señora. He cumplido con mi deber en las filas, y nada más hasta ahora; pero su merced no se impaciente, porque aunque no soy más que soldado, espero lucirme.
—¡Nada más que soldado!—dijo la Condesa—. Tú no eres soldado, aunque así parezca. Cualquiera que sea el puesto que se ocupe, cada cual debe obrar conforme a su nombre y a la posición que tiene en el mundo. ¿Qué se diría de ti, de mí, de esta casa, de tu difunto padre, si en estas guerras no hicieras algo superior a lo que corresponde a un simple soldado?
—Señora—repuso el mozo con un desenfado que sorprendió a su familia—, yo haré lo que pueda, y según lo que haga, así seré más o menos que los demás. Y ya que hablo de esto, señora madre, yo quiero seguir en el ejército, yo quiero que su merced pida al Rey, ¿qué digo al Rey?, a la Junta, una bandolera.
—Tú no estás destinado a ser militar sino en esta ocasión suprema, en que la patria ne
cesita de todos sus hijos, desde el más alto al más bajo.
—Pero, señora madre, no soy nada y quiero ser algo—insistió el joven, mostrando una energía que nadie hasta entonces le había conocido.