—Por lo mismo que presencié tan terribles acciones de guerra, tengo miedo.

—¡Miedo! Pues fuera de la fila. Aquí no se quiere gente medrosa.

No hay soldado aguerrido—afirmó Santorcaz—que no tenga miedo al empezar la batalla, por lo mismo que sabe lo que es.

Oído esto, casi todos los bisoños que poco antes reíamos a carcajada tendida, saludándonos con bravatas y dicharachos, conforme a la guerrera exaltación que nos poseía, callamos, mirándonos unos a otros, para cerciorarse cada cual de que no era él solo quien tenía miedo.

—¿Sabéis lo que me ordenó mi señora madre que hiciera al comenzar la batalla?—indicó Rumblar—. Pues que rezara un Avemaría con toda devoción. Ha llegado el momento. «Dios te salve, María ...»

El mayorazguito continuó en voz baja el Avemaría que había empezado en alta voz, y todos los de nuestra fila le imitaron, como si aquello en vez de escuadrón fuera un coro de religioso rezo, y lo más extraño fué que Santorcaz, poniéndose pálido, cerrando los ojos, y quitándose el sombrero con humilde gesto, dijo también «Santa María ...»

Aún resonaba en el aire la fervorosa invocación, cuando un estruendo formidable retumbó en las avanzadas de ambos ejércitos. Las columnas francesas del ala derecha se desplegaron en línea y rompieron el fuego contra nuestra izquierda.