—Esos discursos—le contesté risueño—no son sermones, son debates.
—Efectivamente; me ha parecido que no son sermones, sino que uno dice una cosa, otro otra, y parece como que disputan.
—Justamente. Disputan; cada uno dice lo que cree más conveniente, y después...
—El disputar me gusta mucho. ¿Sabe usted que me estaría aquí las horas muertas oyendo esto? Pero me agradaría que hablaran fuerte y se insultaran, tirándose los bancos a la cabeza.
—Alguna vez...
—Pues yo quiero venir ese día. ¿Se anunciará por carteles en las esquinas?
—Nada de eso. La política no es una función de teatro.
—¿Y qué es la política?
—Esto.
—Ahora me parece que lo entiendo menos. Pero ¿quién es ese hombre alto, moreno y de aspecto temeroso, que está hablando ahora? Le aseguro a usted que ese modo de charlar me gusta.