Y el barullo y vocerío tomaron proporciones tales que los porteros nos amenazaron con echarnos a todos a la calle.

—Sr. de Araceli—me dijo Presentación, encendida y agitada por el entusiasmo—tendría un grandísimo placer... ¿en qué creerá usted? Me regocijaría muchísimo... ¿de qué pensará usted? De que ahora se levantara de su asiento el señor presidente y le diera dos palos a Ostolaza.

—Aquí no es costumbre que el presidente apalee a los diputados.

—¿No?-exclamó con extrañeza—. Pues debiera hacerlo. Me estaría riendo hasta mañana: dos palos, sí señor, o mejor cuatro. Los merece. Aborrezco a ese hombre con todo mi corazón. Él es quien aconseja a mamá que no nos deje salir, ni hablar, ni reír, ni pestañear. Asunción dice que es un zopenco. ¿No cree usted lo mismo?

—¡Que le den morcilla!-gritó una voz becerril en el fondo de la galería.

—Comparito—dijo otra voz dirigiéndose al orador—¿todo ese enfao es verdá o conversasión?

—Señores—exclamó volviéndose a todos lados, un diarista almibarado, peli-crecido y amarillento—estos escándalos no son propios de un pueblo culto. Aquí se viene a oír y no a gritar.

—Camaraíta—preguntole con sorna un viejo chusco que allí cerca había—eso que osté ha dicho ¿es jabla o rebuzno?

—Sóplenme ese ojo—gritó otro.

—Señores, que el presidente nos va a echar a la calle y perderemos lo mejor de la sesión.