—¡Gracias a Dios que han parecido!... Lord Gray las llevó engañadas al campanario de la iglesia... después adentro... después a la calle... ¿Hase visto infamia semejante?... ¡Estoy bramando de furor!... ¿Qué habrán hecho, señor de Araceli, qué habrán hecho?... La señora doña Inesita estaba más pálida que una muerta, y la señora doña Asuncioncita más roja que una amapola... Vámonos, niña, vámonos de aquí.

—Sí, vámonos—repetí yo.

—Yo no me muevo de aquí, Paquito. Esto me gusta mucho. Ya han acabado de leer periódicos y papeles y vuelven los discursos... ¿Quién habla?

—Es el Sr. de Argüelles. ¡Buen pájaro está! ¡Pues bonitas cosas está oyendo la niña!—dijo D. Paco en voz más alta que la que a la respetabilidad del sitio correspondía—. Tratar de abolir las jurisdicciones, los señoríos, los fueros, el tormento y el derecho de poner la horca a la entrada del pueblo, y de nombrar jueces; quieren quitar las prestaciones y demás sabias prácticas en que consiste la grandeza de estos reinos.

—Pues que lo supriman todo—dijo Presentación con enfado—. De aquí no me muevo hasta que lo supriman todo.

—La niña no sabe lo que habla—exclamó D. Paco, suscitando los murmullos de los circunstantes con lo destemplado de su voz—. Ahora la señora doña María no podrá nombrar el alcalde de Peña-Horadada, ni cobrará tanto de fanega en el molino de Herrumblar, ni las doce gallinas de Baeza, ni podrá prohibir la pesca en el arroyo, ni los asnos de casa podrán meterse en las heredades del vecino a comerse lo que se les antoje.

—Señó abate—gritó una voz, mientras una mano pesaba con formidable empuje sobre los hombros del preceptor—; siéntese y calle.

—Caballero—dijo otro—¿se podría saber quién es usted?

—Soy D. Francisco Xavier de Jindama—repuso con timidez y urbanidad el viejo.

—Lo digo porque en cuanto le vi a usted y le oí, diome olor a lechucería.