El más anciano preguntó:
—¿Entró al fin milord en el seno de la iglesia católica?
—¿Para qué?
—Ese traje—dijo fray Pedro Advíncula con sorna—indica que milord se prepara a ello con dolorosas penitencias... Veo que ahora usted se las arregla usted por sí mismo, y que no necesita amigos.
—Sr. Advíncula, ya no los necesito. ¿Sabe usted que mañana me marcho?
—¿Sí? ¿Para dónde?
—Para Malta. Nada tengo que hacer en Cádiz. Vayan al diablo los gaditanos.
—Me alegro. La señora se defiende bien. Su casa es una fortaleza a prueba de galanes. ¿Sabe usted que lo ha hecho por consejo mío?
—¡Picarón!...
—¿De veras que ya no hay nada?