Y al punto forcejeamos con él el calesero y yo, pues aunque sabíamos que era gran nadador, en aquel sitio y hora no habría vivido diez minutos dentro del agua. Al fin le convencimos de su locura, haciéndole volver a la calesa.

—Contenta se pondría, milord, la señora de sus pensamientos si le viera a usted con inclinaciones a matarse desde que suena un trueno.

Lord Gray rompió a reír jovialmente, y cambiando de aspecto y tono, dijo:

—Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cádiz.

—El lamparín no quiere andar.

—¿Qué lamparín?

—El caballo. Le han salido callos en la jerraúra. ¡Ay sé! Este caballo es muy respetoso.

—¿Por qué?

—Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelaítas, se hacen cortesías y se preguntan cómo ha ido de viaje.

—¿Quién es Pelaítas?