—Lord Gray—dije—hemos venido a esta casa con móvil muy distinto del que usted supone.
—¿En dónde está Asunción?-exclamó Inés con vehemencia—. No, no saldrán ustedes de Cádiz. Voy a alborotar toda la ciudad.
—¿Asunción?-repuso el inglés pateando con cólera y elevando el puño—. He sido un necio... pero mañana veremos... El demonio me lleve si cedo... ¿Qué decía usted? Asunción... es una niña honradita y formalita... ¡Maldito bigotism!... Mucho lloro, mucho hipo, mucho suspirito... ¡Mala peste!... ¿Qué decía usted?... Perdone usted... Estoy nervioso... despido fuego y electricidad... Pues como decía, Asunción...
—¡Sí!, ¿dónde está? Es usted un malvado.
—La pobrecita niña está ya de vuelta en casa rezando el Confiteor con las manecitas cruzadas delante del altarejo... ¡Malditas sean las niñas piadosas!... Parece que su voluntad ha de ser de roca, y es cera de iglesia. Están buenas para sacristanes... Pues sí. En su casa está ya de vuelta. El seráfico arcangelillo se asustó al verse solo conmigo en lugar extraño... ¡No les gusta más que la sacristía!... Lloró, rabió, quiso matarse, escandalizó la casa de aquella ilustre doña Mónica a donde la llevé... Jamás me ha pasado otra como esta... ¡Pobre gatita, cómo mayaba! ¡Qué lastimeros ayes! ¡Qué gritos para clamar por su honor!... Nada; es preciso ser fraile o sacristán... En fin, ya está otra vez en su casa, a donde acabo de llevarla sigilosamente, lo mismo que la saqué... Señora doña Inesita, veo que es usted mujer resuelta... Usted se ha echado a la calle con este insigne mancebo... No hay que hacer aspavientos de honor y demás bambolla... La señora condesa me lo ha contado todo esta tarde desde la cruz a la fecha... Ella quería que yo me comprometiese a librarla a usted de su cautiverio, y convine en ello... Pero ustedes lo han sabido arreglar. Así se hace... Esta noche las contrariedades y las desdichas son para mí... Pero mañana... tomaré precauciones... O hizo Lucifer a las mojigatas para reírse de los enamorados, o las hizo Dios para castigarlos... Recapacitemos; ¡las hizo Dios, Dios, Dios!...
—Salgamos al instante de aquí—dijo Inés—. Este hombre está loco. Si es cierto que la infeliz ha vuelto a casa, pronto lo sabremos.
Impulsado por una determinación súbita, dije al inglés:
—Milord, ¿me presta usted su coche?
—Está a la puerta.
—Pues vamos.