—No, no puedo consentirlo. Es imposible que me engañes... ¡A casa, a casa! ¡Qué dirán de mí! ¡Virgen Santísima!

—No dirán nada.

—Yo tengo imaginado un gran plan...

—Este plan es el mejor... Tu prima acabará de dártelo a conocer. Al diablo doña María y la de Leiva.

—Es el jefe de la familia. Ella manda.

—Ahora mando yo, Inés. Obedece y calla. ¿No recuerdas que en todos los instantes supremos de tu vida has necesitado de mi ayuda? Ahora es lo mismo. Hace tiempo que buscaba esta ocasión... te atisbaba con vigilante mirada... quería robarte, como te robé en casa de los Requejos, y al fin lo he conseguido... Que venga acá doña María a arrancarte de mi poder. Lo demás te lo dirá tu prima. Ya llegamos.

Fuera que confiaba en mí entonces como en otras ocasiones de su vida, abandonándose a aquel destino suyo, de que yo había sido tantas veces celoso ejecutor; fuera que un vago presentimiento la inclinaba a aprobar mi conducta, lo cierto es que no hizo esfuerzo para resistir cuando entré con ella en la casa y la conduje arriba, despertando con el estruendo de mi llegada a todos los habitantes de la casa. Gran susto tuvo Amaranta al sentir tan a deshora los golpes y voces con que yo me anuncié. Al salir a mi encuentro, doña Flora y la condesa estaban aturdidas de puro asombradas.

—¿Qué es esto? ¿Cómo has salido de la casa?-exclamó la condesa, besándola con ternura—. A Gabriel debemos sin duda esta buena obra.

—Qué placer es estar junto a usted, querida primita—dijo Inés sentándose en el sofá de la sala tan cerca de Amaranta, que casi estaba sobre sus rodillas—. Me olvido de la falta que he cometido huyendo de mi casa, y los gritos de mi conciencia son ahogados por la gran felicidad que ahora siento. Estaré un ratito, un ratito nada más.

—Gabriel—dijo Amaranta con el rostro inundado de lágrimas—¿cuándo sale la expedición? Yo pediré permiso para marchar en ella y nos llevaremos a Inés.