Y sin esperar a más, resueltamente y bramando de ira, que expresaba con olímpico fruncimiento de cejas, salió de la sala y de la casa, seguida de los mismos que le habían acompañado, a cuya cola iba D. Paco.
Por largo rato reinó profundo silencio en la sala. Amaranta, después de desahogar las antiguas cóleras de su pecho, estaba meditabunda y aun diré que arrepentida de todo lo que había dicho, doña Flora preocupada, y Congosto, con los ojos fijos en el suelo, revolvía sin duda en su cabeza altos y caballerescos pensamientos. Sacó a todos de su perplejidad una visita que nadie esperaba, y que causara general asombro. En la sala se presentó de improviso lord Gray.
Advertí en su fisonomía las huellas de la agitación de la pasada noche, y lo turbado de su hablar indicaba que aquel singular espíritu no había recobrado su asiento.
—En mal hora viene milord—le dijo secamente D. Pedro—. Ahora acaba de salir de aquí doña María, cuyo enojo por las picardías de usted es tan fuerte como justo.
—La he visto salir—repuso el inglés—. Por eso he entrado. Deseo saber... ¿Se sospecha de mí, señora condesa, se me acusa?...
—¡Pues no se le ha de acusar, hombre de Dios!...—dijo D. Pedro—. Pues a fe que echó requiebros la señora doña María... y con mucha razón por cierto. Pues qué, robar a la señora doña Inesita, aun con consentimiento de la que se llama su madre...
—Vamos, estoy tranquilo—dijo lord Gray—. Veo que me imputan las hazañas de este pícaro Araceli, dejando en el olvido las mías propias. Desvaneceré el engaño, aunque en realidad, yo acepto todas las glorias de esta clase que me quieran adjudicar... La señora condesa estará ya contenta.
Amaranta no contestó.
—Disimule usted—dijo D. Pedro—. Eche usted sobre el prójimo sus abominables culpas.
—Veo con dolor—repuso lord Gray jovialmente—que en el rostro de usted, Sr. de Congosto, están escritas con parches y ungüentos las gloriosas páginas de la expedición al Condado.