—¿Arrepentimientos?... Yo no lo creo, caballero. Suplico a usted que no me hable de esa señora. Si es eso lo que usted quería decirme... La justicia está ya encargada de esto y de devolver a Inés al jefe de la familia.
Asunción alzó la vista y miró a su madre. Parecía deseosa de hablarle, pero con tanto miedo como deseo. Al fin, cobrando valor, se expresó de este modo con voz quejosa y tristísima, que producía en mí extraña sensación.
—Señora madre, ¿me permite usted que hable una palabra?
—Hija mía, ¿qué vas a decir? Tú no entiendes de esto.
—Señora madre, déjeme usted decirle una cosa que pienso.
—Está delante una persona extraña y no puedo negártelo. Habla.
—Pues yo pienso, señora, que Inés es inocente.
—He aquí, Sr. D. Gabriel, lo que es la limpieza de corazón. Esta tierna y piadosa criatura, a quien una celestial ignorancia de las maldades de la tierra eleva sobre el vulgo de los mortales, es incapaz de comprender que haya ruines pasiones en la sociedad. Hija mía, bendita sea tu ignorancia.
—Inés es inocente, lo repito—afirmó Asunción—. Lord Gray no puede haberla sacado de esta casa, porque lord Gray no la quiere.
—No la quiere porque no te lo ha dicho... ¿Qué sabes tú de eso, hija mía? ¿Tienes acaso idea de los ardides, de la perfidia, de los disimulos y malignas artes que usa la seducción?