—Usted—prosiguió—se presenta desde este instante a mis ojos rodeado de una aureola. Usted ha respondido a mis ideas como responde el brazo al pensamiento.

—Maldita aureola—exclamé para mí—maldito brazo y maldito pensamiento.

—Le premiaré a usted del modo siguiente. Ya sé que usted ama a la estudianta... me lo ha dicho la de Leiva.

—¿Quién es la estudianta, señora?

—La estudianta es Inés, hija como usted sabe... dejémonos de misterios... hija de la buena pieza de mi parienta la condesa y de un estudiantillo llamado D. Luis. He querido sacar algún partido de esa infeliz; pero no es posible. Su liviana condición la hace incapaz de toda enmienda. Vale bien poco. ¿Es cierto que la sacó usted de casa?

—Sí, señora. La saqué para llevarla al lado de su madre. Me vanaglorio de esta acción más que de la que usted acaba de presenciar.

—¿Y la ama usted?

—Sí, señora.

—Es una lástima. La estudianta es indigna de usted. Yo se la regalo. Puede usted divertirse con ella... Será como su madre... le han dado una educación lamentable, y criada entre gente humildísima, tuvo tiempo de aprender toda clase de malicias.

Oí tales palabras con indignación, pero callé.