—Huyamos, querida mía, huyamos de esta maldita casa y de Cádiz y de la Caleta—dije estrechando con mi brazo la mano de Inés.
—¿Y lord Gray?-me preguntó.
—Calla... no me preguntes nada—exclamé con zozobra—. Apártate de mí. Mis manos están manchadas de sangre.
—Ya entiendo—dijo ella con viva emoción—. La infame conducta de ese hombre ha sido castigada... Ha muerto lord Gray.
—No me preguntes nada—repetí avivando el paso—. Lord Gray... Yo tuve más suerte que él en el duelo. Mañana dirán que el honor... pues... me pondrán por las nubes... ¡Infeliz de mí!... El desgraciado cayó bañado en sangre; acerqueme a él y me dijo: «¿Crees que he muerto? ¡Ilusión!... yo no muero... yo no puedo morir... yo soy inmortal...».
—¿De modo que no ha muerto?
—Huyamos... no te detengas... yo estoy loco. ¿Esa figura que ha pasado delante de nosotros no es la de lord Gray?
Inés estrechándose más contra mí, añadió:
—Huyamos, sí... quizás te persigan... Mi madre y yo te esconderemos y huiremos contigo.
FIN