—Me parece muy bien—afirmó Amaranta—y si a esto añaden una comida sobria, como por ejemplo, dos raciones de obleas al día, serán los mejores soldados de la tierra. Ánimo, pues, Gabriel, y hazte caballero del obispado de Cádiz.
—De buena gana lo haría, señores, si me encontrara con fuerzas para cumplir las leyes de un instituto tan riguroso. Para esa Cruzada del obispado se necesitan hombres virtuosísimos y llenos de fe.
—Ha hablado perfectamente—repuso con solemne acento D. Pedro.
—Disculpas, hijo—añadió Amaranta con malicia—. La verdadera causa de la resistencia de este mozuelo a ingresar en la orden gloriosa es no sólo la holgazanería, sino también que las distracciones de un amor tan violento como bien correspondido, le tienen embebecido y trastornado. No se permiten enamorados en la orden, ¿verdad, Sr. D. Pedro?
—Según y conforme—respondió el grave personaje tomándose la barba con dos dedos y mirando al techo—. Según y conforme. Si los catecúmenos están dominados por un amor respetuoso y circunspecto hacia persona de peso y formalidad, lejos de ser rechazados, con más gusto son admitidos.
—Pues el amor de este no tiene nada de respetuoso—dijo Amaranta, mirando con picaresca atención a doña Flora—. Mi amiga, que me está oyendo, es testigo de la impetuosidad y desconsideración de este violento joven.
D. Pedro fijó sus ojos en doña Flora.
—Por Dios, querida condesa—dijo esta—usted con sus imprudencias es la que ha echado a perder a este muchacho, enseñándole cosas que aún no está en edad de saber. Por mi parte la conciencia no me acusa palabra ni acción que haya dado motivo a que un joven apasionado se extralimitase alguna vez. La juventud, Sr. D. Pedro, tiene arrebatos; pero son disculpables, porque la juventud...
—En una palabra, amiga mía—dijo Amaranta dirigiéndose a doña Flora—. Ante una persona tan de confianza como el Sr. D. Pedro, puede usted dejar a un lado el disimulo, confesando que las ternuras y patéticas declaraciones de este joven no le causan desagrado.
—Jesús, amiga mía—exclamó mudando de color la dueña de la casa—, ¿qué está usted diciendo?