—Y le tira de las orejas cuando se extralimita de palabra u obra, y le pellizca en el brazo cuando salen juntos a paseo.

—Señoras, perdónenme ustedes—dijo don Pedro—pero me retiro.

—¿Tan pronto?

—Amaranta con sus majaderías le ha amoscado a usted.

—Tengo que ir a casa de la señora condesa de Rumblar.

—Eso es un desaire, Sr. D. Pedro. Dejar mi casa por la de otra.

—La condesa es una persona respetabilísima que tiene alta idea del decoro.

—Pero no hace vestidos para los Cruzados.

—La de Rumblar tiene el buen gusto de no admitir en su casa a los politiquillos y diaristas que infestan a Cádiz.

—Ya.