—¡Que juren! Con eso no habrá conflictos. Parece que hay tumulto abajo.
—Y también arriba, en el paraíso. El pueblo cree que está viendo representar el sainete de Castillo La casa de vecindad, y quiere tomar parte en la función. ¿No es verdad, Araceli?
—Sí señora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, dará disgustos a las Cortes.
—El pueblo quiere que juren—dijo Flora.
—Y querrá también que se les ponga una soga al cuello y se les cuelgue de las bambalinas.
—Y fuera también hay marejadita.
—Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes.
—Los mismos. ¿No ve usted a Castaños, al viejo Saavedra?
—Detrás vienen Escaño y Lardizábal.
—¡Cómo!—exclamó la condesa con asombro—. ¿También jura Lardizábal? Ese es el más orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ahí diciendo a todo el mundo que él se guardaría las Cortes en el bolsillo.