—¿Y qué opina usted de la prescientia?—me preguntó Ostolaza cuando yo estaba muy lejos de esperar semejante embestida.
—¿Qué opino yo de la prescientia?—dije tratando de no turbarme para contestar alguna ingeniosa vulgaridad que me sacase del compromiso.
—Opinará lo mismo que San Agustín, secundum Augustinus—indicó oficiosamente D. Paco, que anhelaba mostrar su erudición.
—Ya están las niñas con cada ojo...—dijo doña María observando que sus hijas atendían a la planteada discusión con demasiado interés—. Niñas, dejad a los hombres que debatan estas cosas tan intrincadas. Ellos se sabrán lo que se dicen. No abrir tales ojazos, y miren los cuadros y las pinturas del techo, o hablen conmigo, preguntándome si se me alivia el dolor del hombro.
—Lo mismo que San Agustín—indicó don Diego—. Opinará como San Agustín y como yo.
—Según y conforme—dije recapacitando—. ¿Ustedes piensan como San Agustín?
Ostolaza, Teneyro y D. Paco se desconcertaron.
—Nosotros...
—Supongo que conocerán los nuevos tratados...
A este punto llegaba la controversia, cuando entró lord Gray a sacarme del apuro. No pudiera llegar en mejor ocasión. Recibiéronle doña María y sus tertulios con la mayor cordialidad y agasajo, y él saludó a todos con afectado encogimiento. Tal vez extrañará alguno de los que me oyen o me leen, que con tan buena amistad fuera recibido un extranjero protestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio; pero a esto les contestaré que en aquel tiempo eran los ingleses objeto de cariñosas atenciones, a causa del auxilio que la nación británica nos daba en la guerra; y como era opinión o si no opinión, deseo de muchos, que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no veían con buenos ojos la novedad de la proyectada Constitución, de aquí que los partidarios del régimen absoluto trajeran y llevaran con palio a nuestros aliados. Lord Gray además con su ingeniosísima labia, su simpático carácter, y también poniendo en práctica estudiadas artimañas y mojigaterías, como yo, había conseguido hacerse respetar y querer vivamente de doña María. Además solía ridiculizar con gran desenfado las ceremonias protestantes.