—Gabriel es un gran militar—dijo don Diego—. ¿Pero no le conoces tú? Es amigo de tu prima la condesa.
Doña María frunció el ceño.
—En efecto—dije yo—tuve el honor de conocer en Madrid a la señora condesa. Ambos teníamos un mismo confesor. Yo solicité de la señora condesa que me consiguiese una beca en el arzobispado de Toledo; pero después me vi obligado a servir al rey, y salí de la corte.
—Este joven—añadió doña María—nos acompañará algunas noches, robando tal cual rato a sus estudios religiosos y a las meditaciones místicas que le traen tan absorbido. Hoy el servicio de las armas le obliga a sofocar su ardiente vocación; pero cantará misa después de la guerra. ¡Noble ejemplo que debieran imitar la mayor parte de los militares! Yo me complazco, hija mía, en que se reúnan aquí personas formales y de excelentes y sólidos principios. Caballero—añadió encarando conmigo—, esta damisela es mi futura nuera, prometida esposa de este mi amado hijo don Diego.
Inés me hizo una profunda reverencia. Se sonrió al mismo tiempo, comprendiendo el astuto ardid de mi fingida religiosidad.
¿En tanto dónde estaba lord Gray? Extendí la vista y le vi tras el respaldo del monumental sillón de doña María, muy enfrascado en estrecha plática con Asunción, que sin duda le estaba convenciendo de la superioridad del catolicismo con respecto al protestantismo. A cada paso apartaba él los ojos de su interlocutora para mirar a Inés.
—Bien decía el tunante—observé para mí-que se valía de las discretas amigas. La otra con su santidad es quien les lleva y trae los recaditos.
Inés me dijo con dulce ironía:
—Celebro mucho que esté usted tan decidido a seguir la carrera eclesiástica. Hace usted bien, porque hoy no hacen falta militares, sino buenos clérigos. El mundo está tan pervertido, que no lo curarán las espadas sino las oraciones.
—Esta afición la tengo desde muy niño—repuse—y nadie puede apartarla de mí porque sobrevive a todas mis alternativas y desgracias.