—¿Por qué?-pregunté bruscamente y con desabrimiento.

—Porque ama a otro—me respondió con calma.

—¡A otro!-exclamé tan asombrado que por largo rato no me di cuenta de lo que sentía—. ¡A otro! No puede ser, señora condesa. ¿Y quién es ese otro? Sepámoslo.

Diciendo esto, en mi interior se retorcían dolorosamente unas como culebras, que me estrujaban el corazón mordiéndolo y apretándolo con estrechos nudos. Yo quería aparentar serenidad; pero mis palabras balbucientes y cierta invencible sofocación de mi aliento descubrían la flaqueza de mi espíritu caído desde la cumbre de su mayor orgullo.

—¿Quieres saberlo? Pues te lo diré. Es un inglés.

—¿Ese?-pregunté con sobresalto señalando hacia la sala donde resonaba lejanamente el eco de las voces de doña Flora y de su visitante.

—¡Ese mismo!

—¡Señora, no puede ser!, usted se equivoca—exclamé sin poder contener la fogosa cólera que desarrollándose en mí como súbito incendio, no admitía razón que la refrenara, ni urbanidad que la reprimiera—. Usted se burla de mí; usted me humilla y me pisotea como siempre lo ha hecho.

—Qué furioso te has puesto—me dijo sonriendo—. Cálmate y no seas loco.

—Perdóneme usted si la he ofendido con mi brusca respuesta—dije reponiéndome—; pero yo no puedo creer eso que he oído. Todo cuanto hay en mí que hable y palpite con señales de vida, protesta contra tal idea. Si ella misma me lo dice, lo creeré; de otro modo no. Soy un ciego estúpido tal vez, señora mía, pero yo detesto la luz que pueda hacerme ver la soledad espantosa que usted quiere ponerme delante. Pero no me ha dicho usted quién es ese inglés ni en qué se funda para pensar...