—Pero si no me has preguntado nada.
—Sí te he preguntado. Pero tú haces que no oyes, y no quieres responderme.
—No nos entendemos—repuso llena de confusiones, y mortificada por la observación tenaz de doña María—. ¿Vendrás todas las noches? Aquí es preciso mucha cautela. Para respirar necesito pedir la venia a la señora. Ten prudencia, Gabriel; también D. Diego nos mira. Haz de modo que doña María y los murciélagos crean que estamos a hablando de religión, o de los cuadros de la pared o de esa gran grieta que hay en el techo. Aquí es preciso hacerlo todo así. No te expreses con vehemencia. Ponte risueño y mira a las paredes diciendo: «¡Qué bonitas láminas! Allí están Dafne y Apolo».
—Pero ¿es preciso ser cómico para entrar aquí?
—Sí; es preciso estar siempre sobre las tablas, Gabriel; fingiendo y enredando. Esto es muy triste.
—Pues lord Gray no disimula.
—¿Eres amigo de lord Gray?
—Sí, y me lo ha contado todo.
—Te lo ha dicho...—exclamó confusa—. ¡Qué hombre tan indiscreto! Y yo le había encargado la mayor prudencia... Por Dios, Gabriel, no pronuncies una palabra, ni un gesto que puedan dar a conocer lo que te ha contado lord Gray. ¡Qué indiscreción! Hazme el favor de olvidar lo que te ha dicho. ¿Él te ha traído aquí?
—No; he venido con D. Diego. He querido saber por ti misma que ya no me amas.