—Calla; por haber estado tanto tiempo sin verme, merecerías... a ver, ¿que merecerías?
—Bastante castigado estoy por los celos, por unos terribles celos que me han estado mordiendo el corazón, y me lo muerden todavía.
—¡Celos! ¿De quién?
—¿Me lo preguntas tú? De lord Gray.
—Tú has perdido el juicio—dijo con precipitación y atropellándose en sus labios frases rápidas y confusas—. ¡Él lo dice!... Tal vez... Ese hombre me causará grandes pesadumbres.
—¿Tú le amas?
—Por Dios, habla bajo, disimula.
—Yo no puedo disimular. Yo no estoy, como tú, educado en esta escuela de los fingimientos. Yo no puedo decir más que la verdad.
—¿Has dicho que yo amo a lord Gray? Jamás he pensado en tal cosa.
—¡Oh! ¿Qué haré para creerlo? Bajo la autoridad de doña María has aprendido de tal modo a disfrazar los pensamientos, que hasta se ocultan a mis ojos, tan acostumbrados, no sólo a leerlos, sino a adivinarlos. Ha desaparecido aquella claridad que te rodeaba, y que te hacía doblemente hermosa ante mí. Ya no hablas aquella palabra divina que ningún mortal, y menos yo, podía poner en duda. Ahora, Inés, me asegurarás una cosa, me la jurarás, y... ¿qué quieres tú?, no lo creeré. ¡Maldita sea mil veces doña María que te ha enseñado a disimular!