—Según eso, le han puesto en la puerta de la calle.

—Con cortesía y disimulo. Mi mamá ha dicho que hallándose un poco enferma, suspende por ahora las tertulias.

—¿Y no salen?

—A misa van las cuatro los domingos muy temprano. Pero puedes ir a casa cuando gustes. Mamá te aprecia y siempre está preguntando por ti. Ahora precisamente, te ruego vengas conmigo para servirme de testigo.

—¿De testigo?

—Sí. Mi mamá quiere castigarme porque le han dicho que me vieron ayer en un café. Es verdad que estaba, pero yo lo he negado, y para dar más fuerza a mis argumentos he dicho: «Pregúntele usted al Sr. D. Gabriel, y como no diga que estuvimos juntos viendo sacar agua de la noria...».

—Pues vamos allá.

Entramos, pues, y en la reja del patio, el criado nos dijo que la señora doña María había salido.

—¡Viva la libertad!-exclamó D. Diego haciendo un par de cabriolas—. Gabriel, estamos solos. Hermanillas, alegrémonos y regocijémonos.

La chillona algazara que desde los aposentos vino a mis oídos, indicome que las hembras estaban libres también de la ominosa esclavitud. Cuando entramos en la estancia de D. Diego, al punto se nos presentó D. Paco, aturdido, sofocado, balbuciente, con unas disciplinas en la mano, el vestido menos puesto en orden que de ordinario, y ostentando algunas desgreñaduras en lo alto de su peluquín.