—¡Doña María, doña María viene ya!
[XIII]
Se quedaron muertas, petrificadas; pero con presteza extraordinaria las tres empezaron a ordenar los objetos, para que cada cosa estuviese en su sitio. Arreglaron el altar atropelladamente; despojose la una de los atavíos que se había puesto; compuso la otra su vestido en desorden; pero por más prisa que se daban, tales eran la confusión y desconcierto producidos allí por la anarquía, que no había medio de volverlo todo a su primitivo estado. D. Diego me dijo, al ver que las muchachas iban a ser sorprendidas antes de poder borrar las huellas de su rebelión:
—Amigo, huyamos.
—¿A dónde?
—A la Patagonia, a las Antípodas. ¿Tú no adivinas lo que va a pasar aquí?
—Quedémonos, amigo, y tal vez hagamos una buena obra defendiendo a estas infelices, si el preceptor las delata.
—¿Viste que pasó un hombre y arrojó dentro un billete?
—Era lord Gray. Veamos en qué para esto.