—Presentación, ¿es a ti? Asunción, ¿es a ti? Inés, ¿es a ti? Responded al momento. ¡Señor misericordioso! ¡Si alguna de mis hijas, si alguien nacido de mis entrañas ha dado motivo para que un hombre le dirija estas palabras, prefiero que muera ahora mismo, y yo detrás, antes que tolerar tal deshonra!
La imprecación retumbó en la sala como una voz de los pasados siglos que clamaba en defensa de cien generaciones ultrajadas. Oyéronse luego llantos comprimidos y el resoplido de D. Paco, que así desfogaba los ardores de su corazón, inflamado ya por nobles impulsos de generosidad.
—Señora—dijo moqueando y babeando—perdone usía a las niñas. Eso no habrá sido nada. Tal vez un tuno que pasó por la calle. Ellas se han estado muy calladitas.
—Se me figura—dijo doña María sin perder la dignidad en su cólera—que no tendré que hacer grandes averiguaciones para saber quién ha motivado esta amorosa epístola. Tú, Inés, tú has sido. Hace tiempo que sospechaba esto...
Nuevo silencio.
—Responde—prosiguió doña María—. Yo tengo derecho a saber en qué emplea su tiempo la que va a casarse con mi hijo.
Entonces oí la voz de Inés, que claramente y no muy turbada respondía:
—Sí, señora doña María. Lord Gray escribió para mí. Perdóneme usted.
—¡De modo que tú!...
—Yo no tengo culpa... Lord Gray...