—Amigo—me dijo el inglés—ya no me queda nada por ver en las negras profundidades del vicio. Todo lo que se ve allá abajo es repugnante. Lo único que vale algo es este vivífico licor, que no engaña jamás, como proceda de buenas cepas. Su generoso fuego, encendiendo llamas de inteligencia en nuestra mente, nos sutiliza, elevándonos sobre la vulgar superficie en que vivimos.
Lord Gray bebía con arte y elegancia, idealizando el vicio como Anacreonte. Yo bebía también, inducido por él, y por primera vez en la vida, sentía aquel afán de adormecimiento, de olvido, de modificación en las ideas, que impulsa en sus incontinencias a los buenos bebedores ingleses.
Resonó un cañonazo en el fondo de la bahía.
—Los franceses arrecian el bombardeo—dije asomándome al ventanillo.
—Y al son de esta música los clérigos y los abogados de las Cortes se ocupan en demoler a España para levantar otra nueva. Están borrachos.
—Me parece que los borrachos son otros, milord.
—Quieren que haya igualdad. Muy bien. Lombrijón y Vejarruco serán ministros.
—Si viene la igualdad y se acaba la religión, ¿quién le impedirá a usted casarse con una española?—dije regresando junto a la mesa.
—Yo quiero que me lo impidan.
—¿Para qué?