—No tenemos Rey.

—¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona?

—Se llevan todos los Infantes.

—Pero habrá Grandes de España y señores de muchas campanillas, y Generales y Ministros que les digan a esos franceses: «Señores, hasta aquí llegó. Ni un paso más.»

—Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan a la greña por saber si obedecen al padre o al hijo.

—Pero aquí tenemos tropas que no consentirán...

—El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les dejen hacer.

—Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español de los que vistan uniforme lo consienta?

—El soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora, Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del Emperador Napoleón.

—¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar, no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces...