Cuando pasamos a la casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente la calle, nos vimos en una habitación pequeña y algo oscura, donde distinguí dos hombres que nos miraban con espanto. Yo me aterré también en su presencia, porque eran el uno el licenciado Lobo y el otro Juan de Dios.
Habíamos pasado a una casa de la calle de Postas, a la misma en cuyo cuarto entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio de los Requejos. Estábamos en el piso segundo, vivienda del leguleyo trapisondista. El terror de este era tan grande, que al vernos dijo:
—¿Están ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos.
Juan de Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil reconocerle.
—¡Gabriel! —exclamó al verme—. ¡Ah! tunante: ¿qué has hecho de Inés?
—¡Los franceses, los franceses! —exclamó Lobo, saliendo a toda prisa de la habitación y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños—. ¡Huyamos!
La esposa del licenciado y sus tres hijas, trémulas de miedo, corrían de aquí para allí, recogiendo algunos objetos para salir a la calle. No era ocasión de disputar con Juan de Dios, ni de darnos mutuamente explicaciones sobre los sucesos de la madrugada anterior: salimos a todo escape, temiendo que los mamelucos invadieran aquella casa.
El mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de su propia seguridad, se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no existiera.
—¿A dónde vamos? —preguntó una de las niñas al salir—. ¿A la calle de San Pedro la Nueva, en casa de la primita?
—¿Estáis locas? ¿Frente al Parque de Monteleón?