Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. Juan de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, donde Inés le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, y antes que formulara una pregunta, le dije yo:

—Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme.

—Yo... yo... —balbució el mancebo en el momento en que la gritería de la calle apenas permitía oírle—. Gabriel habrá enterado a usted...

—El miedo le quita a usted el habla —dijo Inés—. Yo también tengo mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo...

En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a darle auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan excitado estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, ni atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. Desde allí pude ver los movimientos de los combatientes, claramente percibidos, cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras movibles. Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a 8 y tres de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo trabajó hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no pasaban de veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por Ruiz; pero el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas heroicas amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial, de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle de San Pedro la Nueva[2]. Por cuenta del otro, del mismo uniforme y graduación, corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de San José[3], apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues por allí se esperaban nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que invadían la Palma Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas. La lucha estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales en considerable número. Para contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los artilleros que los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa fusilería que tras las tapias del Parque, en la puerta y en la calle hacía mortífero, incesante fuego.

[2] Hoy del Dos de Mayo.

[3] Hoy de Daoiz y Velarde.

XXIX

Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta, sin cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos con una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre los héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en manos de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la gente española, por ser esta de muy antiguo aficionada a jugar con ella. Los españoles, al verse de este modo heridos, antes enfurecían que desmayaban. Desde mi ventana, abierta a la calle de San José, no se veía la inmediata de San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina a las dos; así es que yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis ojos, no distinguía a los franceses sino cuando intentaban caer sobre las piezas, desafiando la metralla, el plomo, el acero y hasta las implacables manos de los defensores del Parque. Esto pasó una vez, y cuando lo vi, pareciome que todo iba a concluir por el sencillo procedimiento de destrozarse simultáneamente unos a otros; pero nuestro valiente paisanaje, sublimado por su propio arrojo y por el ejemplo, la pericia y la inverosímil constancia de los dos oficiales de Artillería, rechazaba las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos, rematando la obra de los fusiles.

Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; pero esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los oficiales de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin desatender el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más resueltos, el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre la avanzada francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de reponerse. Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración de guerra por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.