El día se va acabando, porque aunque a nuestros corazones les parezca lo contrario, no hay razón ninguna para que se altere el sistema planetario, dando a aquel día más horas que las que le corresponden. Viene la tarde, el crepúsculo, la noche, y yo me despido para volver a mis galeras; estoy pensativo, hablo mil desatinos, y a veces me parece que me siento muy alegre, a veces muy triste.

Regreso a Madrid por el mismo camino, y vuelvo a mi posada. Es lunes, día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de malestar, de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo, y la caja me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis manos para juntarse y hablar; pero mi mano no conoce en los primeros momentos sino cuatro de aquellos negros signos que al punto se reúnen para formar este solo nombre: Inés.

Siento un golpe en el hombro: es el cíclope o regente que me llama holgazán, y me pone delante un papelejo manuscrito que debo componer al instante. Es uno de aquellos interesantes y conmovedores anuncios del Diario de Madrid, que dicen:

«Se necesita un joven de diez y siete a diez y ocho años, que sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes, puede dirigirse a la calle de la Sal, número 5, frente a los peineros, lonja de lanería y pañolería de Don Mauro Requejo, donde se tratará del salario y demás.»

Al leer el nombre del tendero, un recuerdo viene a mi mente. «D. Mauro Requejo —digo—. Yo he oído este nombre en alguna parte.»

II

He recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que me pasó en uno de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi narración en marzo de 1808, y cuando yo había honrado el Real Sitio con diez o doce de mis visitas. En el día a que me refiero, llegué cuando la misa había concluido, y desde el portal de la casa un armonioso son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre como de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta familia. Inés salió a recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me dijo:

—El tío Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto muy alegre.

—¿De quién? —pregunté.

—No me lo ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero él está contento y... dice que la carta trae muy buenas noticias para mí.