—Señores, a un laíto... de dos en dos. Formen en batallón, y no rempujen.
De pronto, un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras, de torpes dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la puerta había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo en desorden, el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y amoratados, los brazos caídos, en mangas de camisa, y con un capote echado sobre los hombros. Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y tierra, el árbitro del Gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor de inmensos Estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento al trono de los Reyes, el Conde de Eboramonte, y Duque de Sueca, y Duque de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima, que en un día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre de su grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más espantosas.
Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo, que en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo, consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio a mayor altura.
El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y siguiendo el paso de aquellos, que si al principio era lento, después fue muy acelerado, con objeto de terminar pronto tan fatal vía-crucis. Entre tanto la multitud pugnaba por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por allí una pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los corceles, y las piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que los jinetes empezaron o amoscarse y repartieron algunos linternazos.
Lopito, ebrio de gozo, me dijo:
—He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas de los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene sangre.
Cuarta y Media vociferaba diciendo:
—Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían ser fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar?
Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el único de los por mí conocidos en quien advertí señales de compasión.
Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el mismo hombre que dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a quien vi asediado por los pretendientes, agitado y receloso sin duda, pero seguro aún de su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora y alevosa mudanza del destino... ¡Y los chicos más desarrapados se aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos asqueroso que las exclamaciones de los hombres... y estos no disparaban sus escopetas por temor de herir a los soldados! No creo que haya ocurrido jamás caída tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa como la elevación.