Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse en aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas, doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero.
—Ese Requejo —me dijo—, es el bicho de peores trazas que ha venido al mundo. Está rico; pero ya se ve... en casa donde no se come, ¿no ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la voz de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su hermana con las del mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen dinero esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de préstamos se han puesto las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más que la cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro por cada mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza, con interés de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los vendedores que van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y media por cada duro que venden. Dicen que cuando Doña Restituta entra en la iglesia, roba los cabos de vela para alumbrarse en casa; y cuando va a la plaza, que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero, y sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla: con esto y legumbres van viviendo. Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos cafés. Beben un poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un cantarillo que deja escondido bajo las faldas, el cual café traen a casa, y echándole agua le alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con el chocolate. D. Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no le tuviera en un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo, y no sale nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado apetitoso para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la caja del dinero.
Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico de los dos personajes, consistió en la certidumbre de que me sería muy difícil introducirme en la casa, y menos trabar amistad con sus dueños. En esto pensaba tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que varias veces había compuesto en la imprenta del Diario, el cual decía: Se necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes, diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente a los peineros, lonja de lencería y pañolería de D. Mauro Requexo, donde se tratará del salario y demás.
Corrí a la imprenta del Diario a ver si aún se insertaba aquel anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían encontrado quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin consultarlo con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en la casa de la calle de la Sal, declarándome poseedor de las cualidades consignadas en el anuncio.
Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme visto en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio; pero Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni otro me reconocieran; y si Doña Restituta me miró al pronto con cierta expresión sospechosa y como diciendo: «yo he visto esta cara en alguna parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner obstáculos a mi admisión.
Cuando entré en la tienda, la primera persona a quien expuse mis pretensiones fue Don Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde escribía torcidos números, se rascó los codos y me dijo:
—Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser señoritos...
Llamada por su hermano, presentose Doña Restituta, y entonces fue cuando me miró, como más arriba he dicho.
—¿Tú sabes —me preguntó la tía de Inés—, lo que damos aquí al mozo? Pues damos la mantención y doce reales al mes. En otras partes dan mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de matarles de hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te quedas?
Yo fingí que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se descubriera mi propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo, aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron, fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del Diario.