Te, Godoie, canam: pacis tua munera cœlo
Inserere ægrediar; per te Pax alma biformem
Vincla recusantem conduxit carcere Janum.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cuatrocientos versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo de notar que ella atendía a la lectura con tanta formalidad como si la comprendiera, y aun en los pasajes más ruidosos hacía señales de asentimiento y elogio para contentar al pobre viejo: ¡tal era su discreción!
—Puesto que os ha agradado tanto, hijos míos —dijo D. Celestino guardando su manuscrito—, otro día os leeré parte del poema. Lo dejo para mejor ocasión y así se comparte el placer entre varios días, evitando el empacho que produce la sucesión de manjares demasiado dulces y apetitosos.
—¿Y piensa usted leérsela también al Príncipe de la Paz?
—¿Pues para qué la he escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan los versos latinos... porque es un gran latino... y pienso darle un buen rato uno de estos días. Y a propósito, ¿qué se dice por Madrid? Aquí está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo mismo?
—Allá no saben qué pensar. Figúrese usted, la cosa no es para menos. Temen a los franceses, que están entrando en España a más y mejor. Dicen que el Rey no dio permiso para que entrara tanta gente, y parece que Napoleón se burla de la Corte de España, y no hace maldito caso de lo que trató con ella.
—Es gente de pocos alcances la que tal dice —repuso D. Celestino—. Ya saben Godoy y Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber tanto como los que mandan; de modo que se oyen unos disparates...