Y aunque no me obligaran a la lealtad los motivos de agradecimiento que me hacen esclavo de la señora, seré fiel y seguro porque tengo la honradez metida en las entrañas...
LUCRECIA
Lo sé... (Apuradísima por librar su olfato del insoportable perfume de heliotropo que Senén despide de su ropa, saca el pañuelo, y se acaricia con él la nariz, fingiendo constipación.)
SENÉN
Sirvo a la Condesa de Laín desinteresadamente en todo aquello que guste mandarme, sea lo que fuere... Pero no olvide la señora que su humilde protegido, el pobre Senén, no merece quedarse a mitad del camino en su carrera.
LUCRECIA, con hastío y desdén.
¿Pero qué... quieres más? ¿Solicitas otro ascenso? Ahora es imposible.
SENÉN, quejumbroso.
No es eso. Por la administración a secas no se va a ninguna parte.
LUCRECIA