Antes hará usted del día noche y de la noche día, que conseguir arrancarme de la mente la idea de que lo escrito por mi hijo es la pura verdad. (Con autoridad severa.) Dígame usted pronto, pronto, cuál de esas dos adorables niñas es la falsa... o cuál la verdadera: es lo mismo. Necesito saberlo, tengo derecho a saberlo, como jefe de la casa de Albrit, en la cual jamás hubo hijos espúreos, traídos por el vicio. Esta casa histórica, grande en su pasado, madre de reyes y príncipes en su origen, fecunda después en magnates y guerreros, en santas mujeres, ha mantenido incólume el honor de su nombre. Sin tacha lo he conservado yo en mi esplendor y en mi miseria... No puedo impedir hoy, ¡triste de mí! este caso vergonzoso de bastardía legal; no puedo impedir que la ley transmita mi nombre a mis dos herederas, esas niñas inocentes. Pero quiero hacer en favor de la auténtica, de la que es mi sangre, una exclusiva transmisión moral. Esa será la verdadera sucesora, esa será mi honor y mi alcurnia en la posteridad... La otra, no. Falsa rama de Albrit, la repudio, la maldigo... maldigo su extracción villana y su existencia usurpadora.
LUCRECIA
Por piedad... No puedo más. (Cae en el sillón consternada, sollozando. Pausa larga.)
EL CONDE
Lucrecia, ¿reconoce usted al fin la razón que me asiste?... Llora usted... (Creyendo que los procedimientos de suavidad serán más eficaces.) Sin duda expongo mis quejas con demasiada severidad; sin duda interrogo con altanería... No puedo vencer la fiereza de mi carácter. Perdóneme usted. (Con dulzura.) Ahora no mando... no acuso... no soy el juez... soy el amigo... el padre, y como tal suplico a usted que me saque de esta horrible duda. (La Condesa calla, mordiendo su pañuelo.) Valor... Una palabra me basta... Después de oírla no he de decir nada desagradable... La verdad, Lucrecia, la verdad es lo que salva.
LUCRECIA, que después de horrible lucha, se levanta bruscamente, y desesperada y como loca recorre la estancia.
¡Oh, no puedo más!... ¡Un balcón abierto para arrojarme!.. Huir, volar, esconderme... Este hombre me mata... ¡Favor!
EL CONDE
Bueno, bueno... Veo que no quiere usted entrar en razón... ¿No me contesta?...
LUCRECIA, con fiereza, con resolución inquebrantable, parándose ante él.