Terreno quebrado, donde escasean los árboles, y abundan los chaparros y arbustería silvestre entre rocas musgosas. Al Norte, el cantil que desciende con rápido declive hasta la playa, la cual se extiende limpia y arenosa en toda la profundidad del paisaje. En una peña que le ofrece cómodo asiento se recuesta el anciano, meditabundo, y contempla abstraído la costa, y el oleaje manso y rumoroso.

¡Cómo pica el sol! Turbonada esta tarde... Allá lejos, en la playa, distingo unos bultitos blancos que se mueven... Dios mío, ¿serán ellas? (Haciendo anteojo con su puño para ver mejor.) Sí, sí... juraría que son ellas... Aquel vagar rápido, aquel vuelo de mariposas... (Con súbita alegría.) Ellas son. Hasta me parece que oigo sus chillidos alegres. (Bajando un poco, entre las peñas.) Y distingo también un bulto negro, una especie de cigarrón que las persigue... Es el maestro, el pobre Coronado... ¿Qué haré? ¿Las llamo, les hago una seña con el pañuelo, voy a buscarlas? (Vuelve a sentarse, indeciso.) ¡Dios mío, estas lindas criaturas serían mi encanto, mi gloria, mi consuelo, si no me amargara la vida el convencimiento de que una de ellas es intrusa, fraudulenta, usurpadora! Quiero idolatrarlas; pero antes, urge separar la verdad de la mentira, para poder amar exclusivamente a la que lo merezca... ¿Cuál es, cuál de las dos, Señor? (Se golpea el cráneo con el puño cerrado.) Misterio terrible, ¿será posible que yo no pueda penetrar en ti?... (Pausa.) ¿Qué atracción es esta que hacia ellas me llama?... Fuerza superior a mi voluntad. No quiero ir, y voy... Atracción del enigma, el ansia inmensa del ¡qué será!... (Se levanta.) ¡Ah, parece que me han visto! Creo notar una agitación de cosas blancas, como si me saludaran con los pañuelos. Sí, sí: ya percibo sus vocecitas, más dulces, más musicales que cuantos sones hay en la Naturaleza... (Gritando.) Sí, sí, Nell, Dolly; aquí estoy... Ya os había visto... os veo en medio de la inmensidad... ¿Queréis que baje, o subís vosotras?... (Gozoso.) Ya, ya vienen. No corren, vuelan.

ESCENA VII

EL CONDE, NELL, DOLLY, D. PÍO

NELL, cuya voz suena lejos.

¡Abuelo, abuelo!

EL CONDE

No corráis, hijas, que podéis caeros.

DOLLY (Suena la voz menos lejana.)

Abuelo, te vimos, te vimos.