Le conoció Lucrecia en una de esas rifas o kermessas que organizan las señoras para...

SENÉN, interrumpiéndole.

Basta, señor Conde. No sé nada más.

EL CONDE, imperioso.

Responde.

SENÉN, inflado como un sapo.

No sé nada. Usía no me conoce.

EL CONDE, rabioso.

Te conozco, sí. Tu discreción no es virtud; es... cobardía, servilismo, complicidad. No eres el hombre digno que calla la culpa ajena; eres el esclavo, obediente a los halagos o al látigo del amo que le compró. (Apostrofándole con solemne acento.) ¡Maldígate Dios, villano! Que la luz que me niegas, a ti te falte. ¡Que enmudezca tu voz para siempre, que cieguen tus ojos! ¡Que vivas sin poseer la verdad, rodeado de tinieblas, en eterna y terrible duda, palpando en el vacío, tropezando en la realidad!... ¡Que busques la justicia, el honor, y encuentres mentira, infamia, dentro de un vacío tan grande como tu imbecilidad!... (Con desprecio.) Vete, vete; no te acerques a mí.

SENÉN, a distancia.