D. PÍO, con aflicción.
Llámelas usía demonios o fieras infernales, pues arpías es poco. No me tienen ningún respeto, ni viven más que para martirizarme.
EL CONDE
¡Y lo aguantas! Tu bondad, pobre Coronado, raya en lo inverosímil, porque si no miente el vulgo... permíteme que te hable con una franqueza que resulta tan extremada como tu bondad... tus hijas... no son tus hijas.
D. PÍO, después de una pausa.
Señor, por duro que sea declararlo, yo... En efecto, tan cierto como esta es noche, esas hijas... no me pertenecen.
EL CONDE
Y si de ello estás tan seguro, ¿cómo las tienes contigo?
D. PÍO
Por ley de la costumbre, que es la gran encubridora de las perrerías que hace la bondad. Desde que nacieron las tengo a mi lado. Me quito el pan de la boca para dárselo a ellas... Las he visto crecer, crecer... Lo peor es que de niñas me querían, y yo... ¿para qué negarlo?... las he querido, casi las quiero, no lo puedo remediar... (Albrit suspira.) No tengo vergüenza, ¿verdad, señor Conde? No soy digno de hablar con un caballero como usía.