Será un alma del otro mundo...

SENÉN

Se ha escapado el león...

EL CONDE, entrando; tras él D. Pío, que, distraído, conserva su pañuelo a la cabeza.

Sí, aquí está la fiera... Soy yo, mis queridísimos Gregoria y Venancio; el propio Albrit, vuestro señor que fue, después vuestro huésped. (Dirígese con calma al sillón que suele ocupar.) Y me acompaña mi buen amigo D. Pío Coronado, a quien veis en esa extraña facha porque el aire le privó de su sombrero.

D. PÍO, con timidez, quitándose el pañuelo.

Perdón les pido... Me retiraré si estorbo.

EL CONDE

Aquí no estorba nadie... (A Venancio y Gregoria.) Ya comprenderéis que no vengo a pediros nuevamente hospitalidad. Con vuestras groserías me arrojásteis de la Pardina. No veáis en mí al pobre importuno que, despedido cien veces, cien veces vuelve. No; no entro en vuestra casa; entro en la casa de mis nietas, a quienes necesito ver esta noche.

VENANCIO