¡Eh... Venancio!... Que estoy aquí.

VENANCIO

Voy... Más de cincuenta duquesas se han caído con el ventoleo de anoche.

GREGORIA

¡Anda con Dios!... Deja las peras, y ven a contarme... ¿Es verdad que...?

(Entra Venancio, respirando fuerte, y limpiándose el sudor de la cabeza, trasquilada al rape. Gregoria espera impaciente la respuesta.

Son marido y mujer, de más de cincuenta años, ambos regordetes y de talla corta, de cariz saludable, coloración sanguínea y mirar inexpresivo. Pertenecen a la clase ordinaria, que ha sabido ganar con paciencia, sordidez y astucia una holgada posición, y descansa en la indiferencia pasional, y en la santa ignorancia de los grandes problemas de la vida. El rostro de ella es como una manzana, y el de él como pera, de las de piel empañada y pecosa. No tienen hijos, y cansados de desearlos principian a alegrarse de que no hayan querido nacer. Se aman por rutina, y apenas se dan cuenta de su felicidad, que es un bienestar amasado en la sosería metódica y sin accidentes. Gruñen a veces, y rezongan por contrariedades menudas que alteran la normalidad de reloj de sus plácidas existencias. En edad madura viven donde han nacido, y son propietarios donde fueron colonos. Su única ambición es vivir, seguir viviendo, sin que ninguna piedrecilla estorbe el manso correr de la onda vital. El hoy es para ellos la serie de actos que tiene por objeto producir un mañana enteramente igual al ayer. Visten el traje corriente y general, así en pueblos como en ciudades, muy apañaditos, limpios, modestos. Gregoria es hacendosa, guisandera excelente, tocada del fanatismo económico, lo mismo que su marido. Este entiende de labranza y horticultura, de caza y pesca, de algunas industrias agrícolas, y no es lerdo en jurisprudencia hipotecaria, ni en todo lo tocante a propiedad, arrendamientos, servidumbres, etc. Para entrambos la Naturaleza es una contratista puntual, y una despensera honrada, como ellos prosaica, avarienta, guardadora.)

VENANCIO

¡Brrr...!

GREGORIA