EL CONDE, que, tentando la pared, logra coger la puerta, y se precipita en las salas que conducen a la sacristía.

¡Horrible, horrible! Ni siquiera ha manifestado el deseo de vivir en mi compañía... Ni siquiera me ha dicho, como su madre: «Vente con nosotras.» Lo que quiere es encerrarme... Esto es dar con el pie al ser inútil, al ser caído, que estorba... La duda, oh Dios, me asalta otra vez; la duda sopla otra vez en mi alma como huracán, y de las pavesas que se iban apagando, levanta llamaradas... No, no es esta la legítima, no puede serlo. Todos me engañan... Nell no tiene corazón; su frialdad desdeñosa desmiente la noble sangre. No es, no es... (Gritando.) ¡Padre Maroto! ¡Prior de Zaratán!

(Tropezando, se abre camino. Un monaguillo le conduce. El Prior sale a su encuentro. Cambian algunas palabras. Para hablar a solas, se encierran en el camarín de la Virgen.)

En la confusión del gentío que se retira, Senén busca al Conde dentro y fuera de la iglesia. Sospechando que estará en la Rectoral, corre hacia ella por un atajo. En la obscuridad se desvía; encuéntrase con un seto que le corta el camino; creyendo abreviar saltándolo, sube a unas piedras, pega un brinco, y cae en un montón de estiércol.

ESCENA XV

Calle del Buen Conde, que conduce de la iglesia a la subida del Calvario.

EL CONDE, que anda como un ebrio, tropezando en el desigual piso; UN HOMBRE DEL PUEBLO, LA MARQUEZA.

EL CONDE, viendo venir un bulto.

Buen hombre, ¿por dónde se va al infierno?

EL HOMBRE DEL PUEBLO, que no conoce al Conde.