Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con la cabeza.
—Bueno—respondí.
—No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los pichones? Porque tengo pichones.
—Á mí me gusta todo.
—Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta?
—¿Qué más anguila que usted?
No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo, donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo.
—Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer un pastel que á tí te gusta mucho.
Miré á Irene, que se apretaba la boca con el pañuelo, muerta de risa, y con las lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel de risa y llanto, qué amargo eras!