Esta parte de mi relato viene á caer hacia 1877. En este año me mudé de la sosegada calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo, y poco después conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel Peña, con todo lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden lógico, que es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es, tiene sus arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del saber y el relojero del tiempo.


VII

Contento estaba yo de mi discípulo.

Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo, me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté en esto.

Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado, dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas, el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de sonoridades simpáticas.

—Vamos—le dije con entusiasmo un día.—Está visto que eres orador, y si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos.

Entonces caí en la cuenta de que su verdadero estilo estaba en la conversación, y de que su pensamiento no era susceptible de encarnarse en otra forma que en la oratoria. Ya empezaba á brillar en el diálogo su ingenio un tanto paradójico y controversista, y le seducían las cuestiones palpitantes y positivas, manifestando hacia las especulativas repugnancia notoria. Esto lo ví más claro cuando quise enseñarle algo de filosofía. Trabajo inútil. Mi buen Manolito bostezaba, no comprendía una palabra, no ponía atención, hacía pajaritas, hasta que no pudiendo soportar más su aburrimiento, me suplicaba por amor de Dios que suspendiese mis explicaciones, porque se ponía malo, sí, se ponía nervioso y febril. Tan enérgicamente rechazaba su espíritu esta clase de estudios, que, según decía, mi primera explicación sobre la indagación de un principio de certeza, había producido en su entendimiento efecto semejante al que en el cuerpo produce la toma de un vomitivo. Yo le instaba á reflexionar sobre la unidad real entre el ser y el conocer, asegurándole que cuando se acostumbrase á los ejercicios de la reflexión, hallaría en ellos indecibles deleites; pero ni por esas. Él sostenía que cada vez que se había puesto á reflexionar sobre esto ó sobre la conformidad esencial del pensamiento con lo pensado, se le nublaba por completo el entendimiento, y le entraba un dolor de estómago tan pícaro, que suspendía las reflexiones y cerraba maquinalmente el libro.

¡Refractario á la filosofía, rebelde al estilo! ¡Pobre Manolito Peña! Si á medida que se rebelaba contra la enseñanza filosófica no me hubiera asombrado con sus progresos en otros ramos del saber, mucho habría perdido el discípulo en el concepto del maestro. Lo único que pude conseguir de él en esta materia, fué que pusiese alguna atención en la historia de la filosofía, pero mirándola más como un objeto de curiosidad y erudición, que como objeto de conocimiento sistemático y de ciencia. Me enojaba que Manuel se educase así en el escepticismo. Grandes esfuerzos hice para evitarlo; pero con ellos aumentaba su aversión á lo que él llamaba la teología sin Dios. Ya por entonces gustaba de condenar ó ensalzar las cosas con una frase picante y epigramática. Era á veces oportunísimo, las más paradójico; pero esta manera de juzgar con epigramas las cosas más serias priva tanto en nuestros días, que casi casi se podía asegurar que mi discípulo, poseyendo aquella cualidad, remataba y como que ponía la veleta al gallardo edificio de sus aptitudes. Observando éstas, viendo lo que á Manuel faltaba, y lo que en grado tan excelso tenía, me preguntaba yo: «Este muchacho, ¿qué va á ser? ¿Será un hombre ligero ó el más sólido de los hombres? ¿Tendremos en él una de tantas eminencias sin principios, ó la personificación del espíritu práctico y positivo?» Aturdido yo, no sabía qué contestarme.

Iba descubriendo además Manolito un don de gentes cual no le he visto semejante en ningún chico de su edad. Sabía inspirar vivas simpatías á toda persona con quien hablaba, y su gracia, su fácil expresión, su oportunidad, daban á su palabra una fuerza convincente y dominadora que le abría las puertas de todos los corazones. Sabía ponerse al nivel intelectual de su interlocutor, hablando con cada uno el lenguaje que le correspondía. Pero lo más digno de alabanza en él era su excelente corazón, cuyas expansiones iban frecuentemente más lejos de lo que los buenos términos de la generosidad piden. Yo tuve empeño en regularizar sus nobles sentimientos y su espíritu de caridad, marcándole juiciosos límites y reglas. También trabajé en corregirle el pernicioso hábito de gastar dinero tontamente, empleándolo en fruslerías tan pronto adquiridas como olvidadas. Imposible me fué quitarle el vicio de fumar, por ser ya viejo en él; pero triunfé contra la maldita maña suya de estar siempre chupando caramelos, de los cuales tenía lleno el bolsillo. Con esto y el fumar, se le quitaban las ganas de comer; y lo peor era que durante la lección me engolosinaba á mí; y tal imperio tiene la costumbre y de tal manera se apodera de nuestros flacos sentidos cualquier vano apetito, que el día en que, por mi propio mandato, faltaron los caramelos, los echó mi lengua de menos, y casi casi me mortificó aquella falta.