Por aquellos días, que eran los de la primavera del año 80, volvió doña Cándida á darme sus picotazos personalmente. Ella y doña Javiera se encontraban en mi despacho, y no necesito decir lo que resultaba del rozamiento de aquellas dos naturalezas tan distintas. Cada cual se despachaba á su gusto; la carnicera, toda desenfado y espontaneidad; la de García Grande, toda hinchazón, embustería y fingimientos. Estaba delicadísima, perdida de los nervios. La habían visto Federico Rubio, Olavide y Martinez Molina, y por su dictámen, se iba á los baños de Spa. Doña Javiera le recetaba vino de Jerez y agua de hojas de naranjo agrio. Reíase doña Cándida del empirismo médico, y preconizaba las aguas minerales. De aquí pasaba á hablar de sus viajes, de sus relaciones, de duques y marqueses, y al fin, yo, que la conocía tan bien, concluía por suponerla digna de figurar en el Almanaque Gotha.
Cuando mi cínife y yo nos quedábamos solos, dejaba el clarín de la vanidad por la trompetilla de mosquito, y entre sollozos y mentiras me declaraba sus necesidades. ¡Era una cosa atroz! Estaba esperando las rentas de Zamora, y ¡aquel pícaro administrador!... ¡qué administrador tan pícaro! Entre tanto no sabía cómo arreglarse para atender á los considerables gastos de Irene en la escuela de Institutrices, pues sólo en libros le consumía la mayor parte de su hacienda. Todo, no obstante, lo daba por bien empleado, porque Irenilla era un prodigio, el asombro de los profesores y la gloria de la institución. Para mayor ventaja suya, había caído en manos de unas señoras extranjeras (doña Cándida no sabía bien si eran inglesas ó francesas), las cuales le habían tomado mucho cariño, le enseñaban mil primores de gusto y perfilaban sus aptitudes de maestra, comunicándole esos refinamientos de la educación y ese culto de la forma y del buen parecer, que son gala principal de la mujer sajona. Tenía ya diez y nueve años.
Tiempo hacía que yo no la había visto, y deseaba verla para juzgar por mí mismo sus adelantos. Pero ella, por no sé qué mal entendida delicadeza, por amor propio ó por otra razón que se me ocultaba, no iba nunca á mi casa. Una mañana me la encontré en la calle, junto á un puesto de verduras. Estaba haciendo la compra en compañía de la criada. Sorprendiéronme su estatura airosa, su vestido humilde, pero aseadísimo, revelando en todo la virtud del arreglo, que sin duda no le había enseñado su tía. Claramente se mostraba en ella el noble tipo de la pobreza, llevada con valía y hasta con cariño. Mi primer intento fué saludarla; mas ella, como avergonzada, se recató de mí, haciendo como que no me veía, y volvió la cara para hablar con la verdulera. Respetando yo esta esquivez, seguí hacia mi cátedra, y al volver la esquina de la calle del Tesoro ya me había olvidado del rostro siempre pálido y expresivo de Irene, de su esbelto talle, y no pensaba más que en la explicación de aquel día, que era la Relación recíproca entre la conciencia moral y la voluntad.
VIII
¡Ay mísero de mí!
¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos, someted vuestra vida á un plan de oportuno trabajo y de regularidad placentera; acomodaos en vuestro capullo como el hábil gusano; arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y tareas á discreta medida para que á lo mejor venga de fuera quien os desconcierte, obligándoos á entrar en la general corriente, inquieta, desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos arrancas á las delicias de la reflexión, al goce del puro yo y de sus felices proyecciones; que nos robas la grata sombra de uno mismo, ó lo que es igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras horas, el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones, aunque salidas del fondo del alma, no bastan á explicar el grande y radical cambio que sobrevino en mis costumbres.
Oid y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que á los veintidos años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me anunció su propósito de regresar á España trayendo toda la familia. En América había estado veinte años probando distintas industrias y menesteres, pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por la insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma, infame aliada de la suerte.
Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar á la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero y personas á Europa, donde uno y otras hallarán más seguridad? La educación de los hijos, el anhelo de ponerse á salvo de sobresaltos y temores, y por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de satisfacer ciertas vanidades, decidieron á mi hermano á tomar tal resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto, cuando recibí un telegrama de Santander participándome ¡ay!... lo que yo temía.
Dióme la corazonada de que el arribo de aquel familión iba á trastornar mi vida, y así el natural gusto de abrazar á mi hermano se amargaba con el pensamiento de un molestísimo desbarajuste en mis costumbres. Corría el mes de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación del Norte á José María con todo su cargamento, á saber: su mujer, sus tres niños, su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce años, una mulatica, y por añadidura diez y ocho baules facturados en grande y pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro butacas. El reino animal estaba representado por un loro en su jaula, un sinsonte en otra, dos tomeguines en idem.