«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene tal idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más que todos los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. Imposible, imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, ¡cómo se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo ahogaran y comprimieran...»

Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba con ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de mi sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba mi temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía oirla hablar así en su interior:

«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más clara de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías el amor á estilo filosófico, pobre hombre...»

Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era todo uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la tremenda idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó. Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él.

—¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin sospecharlo... La rutina del celibato acaba por crear un estado permanente de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos de la amistad...

Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las frases.

—Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas, y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales de donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he podido conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la falange del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, y ha servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del espíritu...

¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé con Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.

Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:

—No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como el último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del mundo, me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos más que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí mismos.