Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la pobre niña, mal calzada y peor vestida.

Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar secundario. Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de relumbrón, y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las hembras. ¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas de la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos varios que á mí mismo me sorprendían poniéndome como fuera de mí y haciéndome como diferente de mí mismo, en términos que noté un brioso movimiento en mi voluntad, la cual se encabritó (no hallo otra palabra) como corcel no domado, y esparció por todo mi sér impulsos semejantes á los que en otro orden resultan de la plétora sanguínea, y...


XIV

¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?

¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque trato de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de que disfruto en este momento.

—Esta joven es un tesoro—dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy contentos con los progresos de las niñas.

En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes, unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba (no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía la cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la que pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo. Tenía rudimentos de algunas ciencias, y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía con tanto tino, que más se la admiraba por lo que no quería saber que por lo que no ignoraba.

Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio.

Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman home. Sabía poner á raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar el sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente son.