Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:

—¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy mona.

Y Lica me dijo, como siempre:

—Máximo, cuéntame cosas.

—¿Qué cosas ha de contar este sosón?—zumbó mi cínife con humor picaresco.—Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas.

Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de teatros, actualidades y de las noticias de Cuba.

La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban el pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas, cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser cuotidianos, no me llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes se veían las tazas de café, unas sucias, mostrando el sedimento de azucar, otras á medio beber y frías como el hielo; sobre tal silla un sombrero de señora; un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota; el devocionario encima de un plato y cucharillas de café dentro de un florerito de porcelana.

El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos ricos y al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña Cándida se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que sobre la chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que rara vez se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que llevado también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo endosarle á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los de la casa parecieron admirables por el rabioso y brillante color de los trajes, pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que á cada hora soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no hubo forma humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los demás relojes de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se tenía nunca datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de minutos.

—Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José María. No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho con Sainz del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe ser hora de almorzar.

En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de Cuba. Ayudábale Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya cantidad de cartas bastante á cargar un vapor-correo.